Esa noche desperté con el
corazón tan inquieto que estuve a punto de amarrarlo, soñé que me mataban y no
precisamente de amor. Corrí lo más que pude, me escondí, pedí ayuda pero nada
servía, quizá el momento de mi muerte era ese y por más que tratara de escapar
de él, ni en sueños lo lograría (literalmente).
Volví a acomodar mi cabeza en
la almohada y mis latidos regresaron a la normalidad, te pensé unos instantes
como queriéndote soñar y sonó el
despertador.
—Estoy
viva —exclamé con alivio.
No hubiera querido morir así,
sin antes darte los besos que prometí pagar hasta con intereses por todo el tiempo
que, a conciencia, dejamos de vernos.
Extrañaba tu cuerpo como de
costumbre y veía mi celular para buscar rastros de ti, con suerte te encontraría.
Decidí olvidarme de la muerte
y de ti por un instante, cosa que no pasó. ¿No te parece extraño estar conmigo
sin que lo sospeches? Deberías salir de mi cabeza algunas veces, no es bueno
que pases tanto tiempo dentro dando vueltas.
Viendo al sol ocultarse me di
cuenta que me encontraba en el escenario ideal, porque, por si no sabías, me
gustan las terrazas, la trova, las copas y tú. Hasta ese punto solo me hacía falta
una sola cosa para sentirme totalmente feliz.
Las canciones tristes no me
hicieron llorar, no había motivos para hacerlo, a fin de cuentas ya vendría el
viernes y tú con él.
Seguí con el plan de
divertirme y hablar de todo, mencionándote cada vez que se podía, esperando el
siguiente mensaje de texto para leerlo sin poder arrancarme la sonrisa que mis
amigos ya habían notado desde el inicio.
Después recibí una llamada, unas flores y un abrazo tuyo aún sin ser viernes.
Escena completa.
